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Avalancha sin retorno

Rafael Núñez | Especial para Listín Diario/ Puntos de vista
Avalancha sin retorno

CONTROLAR EL INGRESO DE HAITIANOS ILEGALES ES EL PRINCIPAL RETO


 

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La colonización del territorio dominicano por parte de la cada vez más numerosa inmigración de haitianos por la frontera es uno de los problemas cardinales que enfrentan los gobiernos, pues no es un hecho episódico, sino una avalancha permanente sin retorno, con el agravante de que la República Dominicana se observa sin una posición firme ante los sectores nacionales y extranjeros que hacen causa común con los planes que atentan contra el interés nacional.

En este momento en que la opinión pública nacional y amplios sectores fácticos manifiestan públicamente su preocupación por la carencia de un plan concebido a frenar la oleada de indocumentados por nuestras fronteras, el intelectual dominicano, Manuel Núñez, desnuda la realidad con planteamientos acusatorios contra el gobierno y la oposición, a quienes tilda de participar en un proceso de autodestrucción de la soberanía dominicana.

“La Autodestrucción, la Descomposición de la Sociedad Dominicana” es el título del más reciente libro de Núñez, donde refiere que ninguna concesión dominicana será suficiente para las autoridades haitianas.

Para el intelectual, los hombres que se hallan al mando del país, tanto en el gobierno como en la oposición, “mantienen una ceguera en lo que toca a la historia e ignoran las consecuencias que podría generar el colapso de Haití en el porvenir de los dominicanos”.

“Caminamos hacia una sociedad sin apego a la nación, sin familia, donde intelectuales se han transformado en instrumentos de este desplazamiento de poblaciones que desnacionaliza el trabajo, la cultura, el territorio y que anula la Independencia de 1844”, apunta en su nueva obra el profesor de lingu¨.stica de varias universidades. A continuación el diálogo con Manuel Núñez:

¿Cómo ve usted las relaciones diplomáticas República Dominicana-Haití?
Los estados que comparten el mar Caribe con la República Dominicana y Haití no comprenden la naturaleza del conflicto que Haití se ha empeñado en divulgar, ni tienen informaciones historiográficas que pudieran esclarecer el derecho a mantener las fronteras territoriales y a preservar la autodeterminación de cada uno de los pueblos que se reparten el señorío de la isla.

Desde el punto de vista diplomático, la República Dominicana ha tratado de rehuir la complejidad de los estereotipos que Haití ha sembrado entre nuestros vecinos del Caribe, ante la Unión Europea, entre los cabilderos del Partido Demócrata de los Estados Unidos e incluso entre los propios países pertenecientes a la comunidad iberoamericana, a la cual pertenecemos por derecho como Nación.

Al tratar de evitar las intríngulis historiográficas que enfrentan las memorias, las lealtades y las historias de ambos países, hemos dejado un vacío que ha sido llenado con un relato general que presenta a Haití como víctima de los dominicanos.

No le hemos explicado al mundo, ni siquiera a nuestros más leales amigos, que los dos países que comparten la isla de Santo Domingo representan, desde antes de alcanzar la condición de estados independientes, dos proyectos opuestos.

¿En los tres últimos siglos, cómo ve Haití a República Dominicana?
De 1805 a 1874, todo el esfuerzo haitiano se halla centrado en anular la autodeterminación y la libertad del pueblo dominicano. Tras la proclamación de su independencia el 1 de enero de 1804, sobre las ruinas de la colonia de Saint Domingue (1697- 1804) el nuevo Estado, llamado Imperio de Haití, se concibió para el dominio total de la isla. En la Constitución haitiana de 1805, se plantea que el territorio de los dominicanos pertenece al Imperio o Estado de Haití (Art. 18). Para hacer cumplir el texto constitucional invaden en 1805.

El segundo período se presenta de 1874 a 1937. Tras la firma del Tratado de Amistad y Navegación que marca el inicio de las relaciones diplomáticas y el reconocimiento de nuestra Independencia, tras unas cumbres rocambolescas, el Tratado que debieron refrendar los dos países, fue alterado por los haitianos. Dominicanos y haitianos eran herederos de Aranjuez desde 1777. Una demarcación que establecía que la colonia de Saint Domingue (1697–1804) sobre cuyas ruinas se estableció el Estado de Haití, tenía 21.087 kilómetros cuadrados… A partir de entonces, toda la diplomacia haitiana omitió el tratado de Aranjuez y comenzaron a invocar el “utis possidetis”, e iniciaron un proceso de expansión hacia el oeste de la isla.

En una tercera etapa, de 1938 al 2016, los haitianos en su política exterior presentan a la República Dominicana con un conflicto, que la comunidad internacional debe resolver.

En su libro, usted habla de negligencia de las autoridades dominicanas, ¿a qué la atribuye? En términos diplomáticos, República Dominicana exhibe una diplomacia de guante blanco, plagada de reticencias. Del 2014 al 2016 se celebraron varias cumbres entre los dos países, de cancilleres y de ministros, y de los presidentes. De todos esos cónclaves, la República Dominicana salió con las manos vacías. Haití, en contraste, aplica una diplomacia fundada en el victimismo, para exportar sus problemas a República Dominicana, y constituir coaliciones internacionales en contra del país que ha elegido como enemigo, y al que ha colocado perpetuamente a la defensiva.

¿Cuál ha sido la base de esa campaña contra el país?
Entre los intelectuales que promueven la colonización haitiana ha prevalecido la idea de que el pensamiento (no los movimientos de los diversos actores sociales) es el motor del cambio social. De ahí que el Centro Bonó y todos los apéndices de las organizaciones Jesuitas, al igual que la FLACSO, el Observatorio de las Migraciones presentan un problema geopolítico: la lucha de un pueblo batallando por apropiarse de los recursos del otro, como un problema de prejuicio, racismo de la nación agredida.

Han apoyado la tesis de que hay que hacer prevalecer la Corte Interamericana de los derechos humanos de la OEA sobre los tribunales del derecho interno, que debemos someter todas las decisiones nacionales a las mancuernas de las organizaciones internacionales, el OIM, el ACNUR, el Banco Mundial.

La esperanza de todos estos grupos es que estas nuevas formas de Gobierno, encarnadas en el intervencionismo internacional terminen suplantando al poder legislativo, en la formulación de sus políticas dirigidas cabalmente contra la familia, los valores y las estructuras nacionales, y desmontar totalmente la soberanía económica que permita la colonización del territorio, cosa que se ha logrado con un endeudamiento sin precedentes (48 % del PIB) y sin tregua, anulando las barreras jurídicas para remplazar al pueblo dominicano.

¿Ve usted factible la firma de un Tratado de Libre Comercio con Haití?
El enfoque que prevalece actualmente es que de llegar a una especie de integración económica entre República Dominicana y Haití, quedarían resueltos los supuestos conflictos en que se encuentran envueltos los dos países.

El 12 de julio de 2013, Haití prohibió la entrada de pollos, huevos y plásticos colocándoles las mayores barreras al comercio dominicano.

El 2 de octubre de 2015 se impuso una nueva veda, que aún se mantenía hasta hace algunos meses, contra viento y marea, a 23 productos dominicanos. Ni el encuentro, por más de cuatro horas, entre los dos presidentes en el Aeropuerto de Barahona, el 13 de octubre de 2015, ni la mediación de la Unión Europea pudieron derribar esa voluntad haitiana, cuyo objetivo es arrodillar el comercio dominicano. Además de la prohibición al comercio, los camioneros dominicanos son asaltados; les roban la carga y, en los casos más dramáticos, los secuestran y les incendian el camión.

Tras los fracasos aparatosos de la comunidad internacional en Haití, en medio del vasto cementerio de proyectos, ilusiones perdidas y esfuerzos inútiles, se ha fraguado el cálculo rotundamente siniestro, de que la única solución que aún no se ha ensayado, y que merece ser puesta de relieve es encontrar la suerte de ese Estado fallido con la dinámica circunstancia dominicana.

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